
Con barba se viaja a la ilusión del pasado
Llegados al momento presente se confirma la inclinación de las industrias del espectáculo por el rescate de arquetipos pretéritos. Así, vuelve el folk descalzo y barbudo, en toda su piojosidad y espesura. Eso sí, amparado por producciones sedosas y estrategias estrictamente hi-fi; lejos quedan los tiempos en que Elektra o Atlantic creaban patios de juego para alquimistas de la psicodelia y lo acústico. Este regreso a la austeridad sónica -siempre contrapuesta a una generosidad lírica que acostumbra a confundir lo confesional con lo empalagoso- sirve para reconfortar a nostálgicos y afianzar el universo emotivo de los modernos más frívolos. El rescate de las barbas oseznas y las manchas de absenta funciona en lo mercantil. Lástima que la sensibilidad, por trivializada, sea ahora una cualidad tan sobrevalorada. No cabe duda de que el oyente tipo contemporáneo tiende a considerar únicamente el aspecto estético de la propuesta, lo que unido a la habitual carencia de referentes contrastables le limita a la superficie de la barba.
Por lo tanto abundan mojabragas disfrazados de autores introspectivos, licenciados en comunicaciones que lo dejaron todo para encontrarse a sí mismos. O eso dicen para embellecer su condición de desempleados. Sí, hay mucho niño dorado vestido de trovador tiznado. Algunos venden un falso inmovilismo y desapego social, espacios por los que no pasa el tiempo, historias que podrás contarles a tus nietos y estos a los suyos. Otros simplemente han llegado ahí por un mapa influencial que suele tener su origen en la música que escuchaba mamá a los treinta. Por último quedan quienes han encontrado en el folk una disculpa estilística a sus limitaciones técnicas.
No era ninguno de estos el caso de Nick Drake, santo patrón del movimiento. Drake tejía complejos arpegios y proponía sorprendentes desvíos armónicos a través de afinaciones alternativas. Su poesía ha sufrido lógicamente el paso del tiempo, quedando banalizada por la mala asimilación de sus émulos; un accidente muy parecido al que ha denostado la obra de Baudelaire, por poner un ejemplo ilustrativo. ‘Astral Weeks’ de Van Morrison, vaivén entre la celebración vital y la aflicción sentimental, viene a ser la segunda piedra angular del estilo que tratamos, por su maridaje entre el viento soul y la cuerda folk.
De entre la considerable cantera de (verdaderos) autores de folk hi-fi, destaca Ray LaMontagne, más cercano al primer Paul Simon que a Nick Drake. Lo interesante de LaMontagne es lo bien que comprende ese pasado sobre el que dispone su discurso. Las brumas de Tim Buckley, los arranques pasionales del Morrison astral, el equilibrio entre la confesión pausada y el mimo pegajoso del que les hablaba antes. No es fácil, en absoluto. La barba en este caso es opcional, o sugererencia de un abofeteable asesor de imagen. Lo de LaMontagne funciona, cubre la cuota atemporal y está a la altura de sus pretensiones, que no por mínimas se encuentran poco alzadas.

El título: un prodigio de humor subdesarrollista
Detesto abrir reflexiones desde capítulos personales, de verdad que lo destesto. Al hacerlo también termino por detestarme a mí mismo. Pero ocurre que a veces es inevitable pasar por ahí, especialmente cuando el grueso de autores que participan en este panfleto -después vendrá el porqué de esta calificación- recurren intermitentemente a su baúl de los recuerdos y a lecturas fatalmente asimiladas. Que otra cosa es el subjetivismo, ojo. Lo que aquí ocurre es que la anécdota personal, más que reforzar las declaraciones aquí vertidas, invalida el librito por completo. Y es una pena, porque se han reunido aquí firmas generalmente sensatas y admirables. En fin, que frente a ese enfoque de pantufla y batín que inunda el engendro, no me queda otro remedio que darles el coñazo con mis cositas. Que las tengo.
En primer lugar tenemos al artífice del proyecto, un tipo que -primera anécdota irrelevante- tuvo la desfachatez de tacharme de cortito, aseverando que no me entero de nada. No me habría molestado si viniera de un intelecto sano y superior; de haber sido así habría tragado humildemente con la descalificación. Pero viniendo de un tipo que es incapaz de escribir un texto inteligible y libre de cultas e inútiles referencias, pues me resulta imposible. Hay que tener el culo limpio para decir según qué cosas, algo que se dice mucho pero que rige más bien poco.
Lo segundo es que la postura que sostiene la iniciativa peca de incoherente. Echenle la culpa al dichoso artífice, quien no se baja del asno y abre con un texto que de aclaratorio tiene más bien poco. El chico no sabe ir al grano, y si a estas alturas de la vida ha sido incapaz de romper el cascarón, me temo que lo suyo no tiene remedio.
Lo tercero es que estos proyectos no son más que guateques de colegas, y yo no soy el compi de ninguno de estos señores. Pero si realmente querían un ensayo útil a tan mal llevado planteamiento podrían haber recurrido a mí, a un maravilloso texto -Descomposición del celuloide- que en apenas cincuenta líneas explicaba muy bien el cómo y el porqué de nuestros encuentros y desencuentros con el Cine. Perdonadles, que en su nepotismo han ninguneado mis talentos.
Ahora sí, al grano.
Un panfleto, les decía. ¿Por qué? Pues porque de constructivo tiene más bien poco, de subversivo -pretensión que Don Editor intenta justificar calamitosamente con su característica discursiva de la contradicción- mucho menos. No deja de ser un anecdotario plagado de irrelevancias y confesiones a cámara en su mayoría bochornosas. Los firmantes no tienen culpa de nada, principalmente porque se han limitado a contribuir a la causa con su buen hacer. El problema lo ofrece el señorito ideólogo, quien parte de una memez y pretende llevarla a un estadio de reflexión. Imagino que viene de un capricho personal, o del divismo que tanto le pesa. A mí me parece una demostración monstruosa de incultura y falta de madurez intelectual. Un iluso, vaya. Iluso porque vive en un estado de permanente ilusión intelectual. De trazar líneas de reflexión que devienen círculos, y como círculos que son sólo pueden conducir una y otra vez al punto de partida. Onanismo creo que lo llaman.
Yo creía que las plumas de mi generación habían superado el pataleante influjo de lo progre, de esa búsqueda imbécil de subtextos o, lo que es aún más grave, la insistencia en crearlos partiendo de la nada, únicamente para satisfacer conatos de reflexión y fobias subterráneas que jamás de los jamases se dignarán a reconocer. Esto no es periodismo ni literatura ni nada. Me duele especialmente la ausencia de sensibilidad en los alegatos aquí encontrados. Prima sobre todo la acritud, el distanciamiento y una ironía más bien gruesa. El más grande error se encuentra en abordar el tema prescindiendo de sensibilidad artística. Se rehúyen además posturas autocríticas, esenciales si se quería llevar a buen puerto el invento. Tampoco nos cuenta nada refrescante o mínimamente ilustrador. Un despropósito, y debo hacer especial hincapié en la introducción y el texto de nuestro Fitzcarraldo; un manifiesto plagado de cripticismo autocomplaciente y luego un artículo lleno de obviedades hirientes ornamentadas con naderías, por eso de dotarlo de cierta estética y falsa cohesión.
Si quieren sigo, pero me reiteraría gratuitamente hablándoles de un mal que de tan extendido se ha convertido en convención. Una que además se celebra. Pues fantástico, pero no me lo vendan con tanta pompa, ni me vengan con que es fruto de una rigurosa reflexión. Eso ya es de una arrogancia indecente.

¿Y cómo dices que se llama eso? ¿NecroCritic?
La pregunta surgió de un descuido, pero no deja de tener su gracia. Siempre que el retrete empieza a oler me acuerdo de ella. Una mañana de Junio empecé a enviar mails a gentes sensatas, todo con el fin de agrupar una alineación inicial y levantar un sencillo proyecto que me venía hirviendo desde hacía tiempo. Pensé que, dada su sencillez, no plantearía demasiados problemas. En la primera semana se publicaron alrededor de una veintena de artículos. Ocurrió porque se trataba de un juguetito nuevo; el ritmo no tardó en decaer. Hubo incluso un expulsado, alguien que hizo cosas que ahora mismo vuelven a hacerse. Pasarse El Manifiesto por el forro de los cojones y otras cosas muy poco profesionales. Una parte de mí ya se lo anticipaba. El motivo es triste y ridículo: si es web la cosa impone, si es blog esto lo hago yo con la puntalnabo. Una vez se disolvió el factor novedoso, la gente empezó a aletargarse, a publicar poco y mal. Aquí es donde muchos se plantearían esa estupidez de la cantidad y la cantidad. Yo exijo ambas, y sin hostias de por medio. Sobra decir que en una sociedad tan dada al solaz, la excusa y la desidia como la española, una exigencia de ese tipo suele provocar un efecto opuesto al buscado. Y es por esta clase de actitudes por lo que resulta habitual oír cosas del tipo es que mi perro se ha comido mis deberes.
Cuando se les tira de las orejas sólo se oyen quejas. Pero es un placer ver cómo caen en las trampas que su propia carencia de profesionalidad ha ido dejando al paso. Te ríes hasta dolerte cuando se esfuerzan en negar excusas con más excusas. Te adelantas a la posibilidad de que te planteen es que aquí no pagáis y les dices que la falta de un sueldo es un motivo igual de bueno para emplearse a fondo. Vas siguiendo las chorraditas que van publicando en sus bitácoras y frunces el ceño ante tanta autoindulgencia gramatical. Lo hace gente que quiere distinguirse del resto mediante el vapuleo bitacorero, gente que señala con el dedo lo que se hace mal en su barrio… para luego terminar haciendo lo mismo. Se ríen de los grandes blogs y sus negligencias mientras se dedican a lo suyo obteniendo iguales o peores resultados.
Yo no entiendo nada, de verdad.
¿Cómo alguien tan celoso de su discurso -siempre hueco, robado, construido a base de citas y referencias- puede plantarse con tanta soberbia? Ni se plantean que su impericia literaria está tirando ladrillo a ladrillo ese mismo discurso. Casi parece que no les preocupa. Será que los grandes siempre tienen a un editor detrás recogiendo la porquería. O así piensan ellos.
Quizás la respuesta a todo está al principio, cuando hablaba del juguetito. En la ilusión por publicar algo en un medio colectivo, en mirar quién tiene la picha más larga sin enseñar la propia. En hartarle la paciencia a los colegas con lo chiripitifláutico de tu pluma y pensamiento. Cínicos puros. Sin adulterar. Imagino que cuando te han tolerado -e incluso celebrado- durante años la falta de talento terminas dándolo todo por válido. Hay quien confía en que antepondré la amistad o algún vínculo sucedáneo a las exigencias profesionales. Se equivoca, claro. Le doy la patada y a por el siguiente. Yo no pierdo nada, todo lo contrario. Gano la certeza de que hay pocos virtuosos y menos personajes dispuestos a curtirse el callo hasta ennegrecerlo. Lo tragicómico de todo es ver cómo siguen llegando peticiones de admisión. Gente que asegura haber entendido El Concepto. Luego les leo los bloguitos y suelo encontrarme más de lo mismo. Cinismos a contemplar:
Escribo para mi público / Escribo para mí: Cuando mola es para el palco, cuando apesta es que era un desquite, que para eso es mi blog.
La ortografía hay que cuidarla / La ortografía no lo es todo porque lo importante es que se te entienda: Claro, la comunicación es que es así. Pero para tesis doctorales y juegos florales me repaso hasta la última coma. Luego, si la he cagado creando un sinsentido o una ambigüedad con mis manazas, me acojo a eso de que escribo para mí.
¿Para qué coño sirve el editor? / Coño, voy a editar esto que me he olvidado de poner un enlace muy chulo: El editor es un chico triste y solitario. También es una especie de máquina del tiempo que te permite volver al momento exacto en que cometiste tu gramaticidio. Sentimos que no tenga pinta de DeLorean; confórmate con que tenga un logo molón (B de Blogger, W de WordPress). Como aquí no hablamos de gentes rigurosas, el pobre anda a un paso de la mendicidad. Eso sí, a veces se acuerdan de él porque es vital incluir un dato de suma importancia. O justificar el porqué su artículo sólo merece ser llamado post, tal mierda es.
Perdonad que no actualice / Toma retahíla de párrafos endebles: Nos importa tres cojones que te hayas pasado una semana dándole a la Xbox y ahora te haya dado la ansiedad creativa. De verdad que nos importa tres cojones. Menos bombo y platillo y más sensatez en los textos, luego si quieres te dejamos agitar la campana.
¿Puedo participar en tu blog? ¿Puedo? ¿Porfa? / Oye, que ocurre que… me he cogido vacaciones… esto… lo siento mucho… mi vida es muy chunga… es muy complicado de explicar: O un simple silencio, uno que debes saber leer. Sí, claro, como si fueras mi novia. Y encima fea y medio analfabeta. ¿Y vacaciones de qué, joder? ¿De qué coño te coges vacaciones? ¿De ser un puto mulo? Ay, pobrecito. Si la culpa es nuestra, que no nos sensibilizamos con tus necesidades. Anda, toma unos euros y te tomas una cañita. Cuando te encuentres mejor vuelves que te lo habremos dejado todo preparado. Y para eso tanta insistencia…
Si te acomodas sobre estos cinco cinismos, enhorabuena: eres la clase de pseudo-escritor que buscamos. Ya eres parte de NecroCritic. Ahora a levantar ese Necro, que sabemos que se te da de puta madre.
Y esto viene a ser lo que ocurre, el cómo, el posible porqué a todo. No hay vuelta de hoja. Dolerá al menos por algún lado, porque están todos unidos por los vértices. Pura lógica. Sólo queda decir que sí, que hay excepciones a lo expuesto. Pero son tan pocas y tan exquisitas que sabrán no reconocerse en el texto. Luego está el Conserjeditor, que tiene una paciencia grande pero limitada. Porque vamos, para aguantar a tanto negado hay que tener paciencia.
“Que sí, pesao, que a positivar y listo. Así vamos de puta madre. Veremos lo que dices si te hago el tabique con la misma destreza. En los juzgados nos veo. Un drama español” – Extraído del trailer de ‘NecroCritic: Beyond the Beyond’.

Para comprender una tecnología uno tiene que haberla deseado antes, hasta el punto de imaginarla e irla diseñando entre sueños y posibilidades. El creador de dicha tecnología habrá ido más allá al realizar el concepto, pero ello no le hace inmune a las consecuencias de su creación. Algunos toman conciencia sobre los problemas y contraproducencias que originarán sus criaturas, otros las ignoran porque son inventores y no filósofos. Toda tecnología esconde una bestia, a la que el hombre debe comprender antes de darle caza y servírsela a los suyos como vianda.
El planteamiento es igualmente aplicable a las herramientas que derivan de cada brazo tecnológico. No se necesita de una capacidad de observación extraordinaria para advertir que esa premisa, tan lógica ella, apenas ha regido nuestra relación con lo tecnológico. El hombre ha acordado consigo mismo esconder su expresión boquiabierta, quizás porque sabe que será incapaz de ir mucho más allá del impacto que produce ese primer contacto, punto donde se articula la rodilla que une perjuicio y beneficio.
Sobre este mapa resulta más sencillo darle respuesta a la actitud despreocupada con la que hoy en día se disfruta de los lujos tecnológicos. Camellos con GPS, abuelas Bluetooth, toreros escuchando a Concha Piquer gracias al iPod y más fauna rupestre que no se pregunta demasiado acerca del origen de todo esto. Pero para disfrutar plenamente uno debe comprender, y por desgracia la actitud general consiste en revolverse en el fango electrónico sin preguntarse quién provee el genio o qué clase de imágenes estimulan la creación de cada aparato. El ciudadano vive desconectado de la Razón, la trata como si fuera un estorbo, sólo desea sus frutos. Y volvemos a la figura de la bestia, circularmente. El hombre caza disfrazado de máquina. Se comporta mecánicamente con la convicción de que así logrará dominar el entorno y éste dejará de resultarle extraño y amenazador.
Lo apuntado puede aplicarse perfectamente a lo cultural.
Persiste el miedo atávico a los sótanos de la Palabra, al poder que ésta concede manejada correctamente. Como si se tratara de una Excalibur comunitaria, todos se acercan con bravuconería, a ver quién es el guapo que consigue empuñarla. La charlatanería de los aspirantes es otro modo vulgar de fundirse con la adversidad que les rodea. Del binomio Internet y Palabra surge la última gran confusión cultural: todo vale porque todos pueden tocarla, nadie debe juzgar el uso que de ella se haga porque todo y todos valen… y ahí tenemos creado otro circuito sin salida. Debe ser que la educación viene basada hoy más que nunca en el cinismo. Se anima a explotar el poder de herramientas, libertades y opciones pero no se instruye en asimilarlas ni en responsabilizarse de su mantenimiento. Claro que, siendo la Palabra un bien tan común, tan cercano y familiar… ¿qué necesidad hay de conocerla mejor? Mal: toda creación conlleva un diálogo previo. Sin lenguaje no hay código, y sin código no hay porno gratis ni blogs que ensuciar.
Si es muy sencillo.

En la blogosfera todo el mundo la mete en caliente. Aunque sea a las bravas.
Eugenesia, la sección que venía a reemplazar el infame Plan 9 cuando este espacio apuntaba a la sepultura, seguirá. Lo hará en otra dirección, que sé que aquí les gusta el destripe y el embadurnarse de vísceras. Ahí, en Casa Vírica, se atacarán problemáticas. Aquí, individuos con nombre y apellido o, en su defecto, pseudónimos epatantes al frente de bitácoras agusanadas. Porque no me hartaré de decirlo, el blog ha muerto. Pero maticemos.
Ha muerto como parada de los monstruos, y por monstruo entiéndase una liendre cultural con delirios de grandeza y tendencia a elevar sus dudosos talentos a un nivel quimérico. Ha muerto también como escaparate de tendencias; a nadie le importa un cojón lo que te parece el último videojuego que te has comprado, o el disco de tu banda favorita. Bueno, quizás a esos amigos que te consideran el genio de la panda porque sabes juntar palabras y hasta sabes dónde va cada acento. Sí, te entiendo, en mi casa todavía recuerdan orgullosos el que recibiera una mención especial en unos juegos florales de primaria que…
Que ha muerto y se acabó. Como sigue coleando -con lo cual sólo puede ser calificado de naturaleza zombi- uno siente el impulso de malgastar sus días emprendiéndola a disparos, a ser posible en pleno entrecejo.
Uno de los motivos que ha alentado la resurrección del P9 ha sido, por ejemplo, comprobar cómo firmas de un pasado que prefiero contemplar como lejano, se han adscrito a espacios en perpetuo declive cualitativo que pese a ello -o debido a ello, quién sabe- mantienen su status popular. Gente que antes se abría úlceras largando sobre los funcionarios de los blogs corporativos ahora se une a ellos y hereda, no se sabe cómo, sus talentos estultos. La escena posee ahora unos visos de ciencia-ficción acojonantes, lo cual me ha abierto el apetito. Porque hay más de lo que se huele de entrada. Quizás una despensa subterránea de cuerpos putrefactos que alimentan a una larva ciclópea. Tal vez una hunibersidad secreta llena de pasadizos ocultos y cámaras de sacrificio. Hay que hacer algo, digo yo.
Antes de despedirme debería disculparme por haber hecho desaparecer los artículos aquí antes contenidos, especialmente si consideramos que con ello se perdieron las dieciocho lozanas entregas del Plan 9. Ya me he disculpado. No lloren, que archienemigos como La Butaca, Blog de Cine y otros también protagonizarán esta nueva etapa, la definitiva, la de los grandes presupuestos. Casa Vírica seguirá abierta, aunque dedicada al onanismo y las elucubraciones etílicas, los Porcasts y la autopromoción del divino Marlon Dean Clift, pero también con la intención de establecer diálogo con Starman Magazine. Reconozco que es una lástima no conservar registro del P9 pretérito, ya que aquello generó unas guerras de comentarios deliciosas, llenas de violencia y odio. Se había convertido en algo cuasi orgánico, sí. Por lo demás, todo volverá. El dossier Blue Thunder, sin ir más lejos. También se establecerá aquí finalmente la ambiciosa guía sobre The X-Files. Y qué sé yo cuántas cosas más.

AUTHOR´S NOTE: The following is a work of fiction. Any resemblance to persons living or dead is purely coincidental.
Especially you Jenny Beckman.
Bitch.
Así se abre (500) Days of Summer, arruinándole el postre a las niñas. Es uno de tantos detalles refrescantes. Estimulantes, que no renovadores. No se dejen arrastrar por los rumores: no es un hip ni es una indie. Además, el tagline no miente en eso de que no es una historia de amor sino una historia sobre él. Su repertorio de cabriolas visuales no tiene nada de extraordinario, ya lo hemos visto antes. La diferencia aquí es que no están introducidas con ánimo epatante sino que sirven a la historia. Son modos de enfatizar el espectro de estados anímicos que conocerá Tom Hansen en esos quinientos días del título. Sobra decir que el film sólo llegará a aquellos capaces de empatizar con su protagonista. Ellas, como acostumbran a hacer, censurarán al chico y justificarán a la chica, algo de lo que ya les hablaba en nuestra anterior entrega.
La narración fragmentada -querrán verlo así, pero desistan- no está ahí por capricho. Sirve para acercar acontecimientos separados en lo temporal pero íntimamente relacionados en lo característico. Así, una broma entre amantes que ha perdido su poder conciliador, nos lleva al origen de ésta. Del mismo modo, un reproche del después nos viene seguido de una fricción del antes. Pese a lo aparente, la película pide ser leída entre líneas. Eso no la convierte en un dechado de sutileza, advierto, pero sí nos devuelve a, miren por dónde, ‘Two for the Road’. Y aunque a la de Donen siempre le beneficiará cierta atemporalidad en el discurso -además de aquella amargura que tan bien coqueteaba con lo pop y lo frívolo-, ésta parte de una problemática muy común en este tiempo. Nos habla de lo práctico que le resulta a muchas chicas de hoy alternar roles en beneficio de esa libertad e independencia que dicen defender y con la que más tarde nos apartan de ellas, cuando lo que verdaderamente buscan es preservar los cimientos de su preciada aunque precaria educación emocional. Siguen soñando con príncipes azules pero lo hacen a escondidas, razón por la cual son incapaces de reconocerse frente a un hombre virtuoso y tienden a abrazar la vulgaridad como vínculo con la realidad. Resulta especialmente cruel el caso expuesto aquí: una mujer que no ha crecido del todo, que nos enamora por esa misma razón, y que por la misma terminará destruyéndonos. El verdadero problema queda explicado en la última conversación que mantienen Tom y Summer, diálogo que sonrojará a más de uno por pura distancia y/o desconocimiento, pero fidelísimo a lo que se cuece hoy en día.
No teman los diabéticos, que azúcar hay más bien poco. Debería, eso sí, preocuparse el género femenino. Es muy posible que su primera reacción frente a su reflejo -al que tan bien le sienta la etereidad de Zooey Deschanel- sea de rechazo. Me sorprendería que apelaran a la humildad y reconocieran su cinismo y frivolidad en temas del corazón, su alienación sentimental, pero uno no pierde la esperanza. Bastante difícil lo tienen, ya que aquí hay poco espacio para simpatizar con Summer, un personaje tan irritantemente egoísta que destapa al completo el arquetipo femenino contemporáneo. Hay que celebrar la existencia del film, que ya está bien de chicas magníficas abandonadas en el altar, engañadas por sus parejas o enamoradas del chico más guapo de la oficina. Un producto muy calculado, cierto, pero lo diáfano de sus reflexiones lo dignifica.
Es algo tan elemental que casi da miedo detenerse a pensarlo: el cine es, para el espectador domesticado, una vía de evasión. Y el cine romántico -denominación que sólo merece ser discutida- es un género que sufre especialmente la glotonería de la audiencia. Se ha convertido también en un catalizador horroroso de la guerra de sexos, desde que el público disfruta con ese hábito cerril y vetusto que es el de tomar bandos. Los buenos y los malos, sin medias tintas ni grises ni matices. Que yo recuerde, sólo ‘Two for the Road’ se acercó a las diferencias de pareja con ánimo estudioso y constructivo. Y por mucho que se niegue, sentó un precedente, uno que no tardaría en ser desacrado por frivolidades venideras. Sigue ocurriendo, el caso más sangrante lo tienen apuntado en la excelente ilustración de Justin Reed que encabeza el artículo.
‘Eternal Sunshine of the Spotless Mind’ gustó a gentes impresionables, cerebros cejijuntos y románticos de fin de semana. Sirvió de nuevo para que las chicas reprobaran el personaje de Joel y se identificaran con Clementine; a ellas les pierde eso. Mientras tanto los chicos le daban un abrazo solidario a Joel o se desentendían de todo lo que no fuera inventiva visual marca Gondry. Sentó otro precedente, el del romance deconstruido. Pero eh, sólo es un vehículo evasivo.
Por otro lado existen películas más cercanas -que no populares- como el díptico Linklater (‘Before Sunrise’/'Before Sunset’), capaces de imponerse a sus limitaciones publicitarias y presupuestarias hasta tocarle el botón a cualquier cínico con la guardia baja. Lo de Linklater también ha trascendido como subgénero, aunque con menos fuerza y más timidez, hecho que evidencia la poca maña del guionista medio para servir un romance campechano-pero-profundo.
Ahora, -a poco del estreno de ‘(500) Days of Summer’- es un momento ideal para preguntarse qué será lo próximo. ¿Persisitirá esa hipocresía del aquí empatizo aquí me lo miro con distancia y aquí me sensibilizo? Sin duda. Y es una lástima, porque todo viene propiciado por lo de siempre, por considerar el envoltorio por encima del caramelo, por dejarse seducir por lo más vulgar de este tipo de producciones. Poco importa si la película de Marc Webb tiene la decencia de emplear como planteamiento una realidad tan actual y extendida como la del chico dulce e inocente y el putón egoísta y vanidoso. Será inevitable ahogarse en los ojos de Deschanel y enamorarse de la franqueza de Gordon-Levitt. Y eso será todo, me temo. Quizás porque se sigue respetando ese canon arcaico que reza que sin conflicto no hay argumento. Y ese conflicto, pese a que no siempre venga dado por las intenciones del autor, siempre termina aportándolo la grada. En este caso el conflicto está claro: chicos contra chicas, chicos malos, chicas malas, chicos tristes, chicas preciosas que se merecen un príncipe y no un plebeyo.
Se puede decir que es un género destinado a no crecer jamás por culpa de la deteriorada comprensión popular. Ahí tienen un buen argumento para una película post-romántica: un director de películas hermosas e incomprendidas la emprende con su público tirando del ojo por ojo y saboteando sus relaciones sentimentales. Deconstrucción del amor, y sin florituras de auteur ni disculpas fantastique.

No somos Gustav ni Tadzio
La ballena homófoba sigue varada en la bahía moral. El éxito o fracaso de una ficción que parte del impulso homoerótico o es protagonizada por homosexuales depende de la frivolidad o marginalidad con la que se aborde ésta. La primera no conoce demasiados obstáculos, pues simpatiza a base de pluma, música disco y cliché. La segunda triunfa cuando activa el interruptor del morbo, ése que se encuentra justo al lado del circuito fóbico. Háganlos bailar, háganlos incomodarse en el asiento; lo sórdido o lo festivo como peaje insalvable si se busca un relativo triunfo popular. Y aún así, dicho esto, hay quien le demanda además una coartada intelectual al asunto, exigencia que sólo hace que confirmar con acento la metáfora de la ballena homófoba.
Es necesario detenerse en este hecho para explicar porqué ‘Love and Death on Long Island’, pese a su virtud y singularidad, ha quedado tan mal situada en la memoria cinéfila. La naftalina insiste en preservar ‘Morte a Venezia’ por la firma de Visconti. Querencia que tiende a restarle discutibilidad a títulos como ‘Suddenly, Last Summer’, ‘Reflections on a Golden Eye’ y otras que pueblan la misma esfera. Homosexualidad sí, pero con prurito clásico. Gregg Araki o Gus Van Sant todavía no son dignos de pertenecer a esa cofradía, puede que incluso jamás lleguen a participar en esa liga. La memoria caprichosa y el conservadurismo recio son malos espectadores.
El film de Richard Kwietniowski parece consciente de todo ello y quizás es por eso que prescinde de justificaciones y narra sin miedo una historia tan antigua como veces susurrada cobardemente. No prescinde de las deudas que el relato tiene con toda una cantera de clásicos, aunque tampoco establece una dependencia referencial constante o prolongada gratuitamente. Toma los antecedentes para situar y describir a Gilles De’Ath, su entorno, su rutina y sus motivaciones. Un trámite que se agradece breve, necesario pero sólo como punto de partida. Cuando De’Ath descubre a Ronnie Bostock en un ‘Porky’s’ de cuarta fila se confirma que ésta no es otra de esas películas hipócritas o arrepentidas en su tratamiento del homoerotismo. El recurso de Kwietniowski es uno tan sencillo como bello, razón por la cual me ahorro detallarlo. Es un momento de una ternura desarmante, obra del truco ingeniado por el director y el gesto vulnerable que adopta John Hurt. En ese instante desaparece el miedo de De’Ath, y empieza a florecer el fruto de la inspiración que ha alimentado Bostock. Ni decadencia ni patetismo, los grandes lastres a esta vieja historia. De’Ath no sufre el tormento silente de Gustav, sino que disfruta de una renovación vital.
Sobre ese sano y desacomplejado homoerotismo camina una comedia ciertamente inusual. Cualidad que se advierte prestando atención al detalle con el que Kwietniowski rueda la falsa filmografía de Bostock. ‘Tex Mex’, ‘Skid Marks’ y ‘Hot Pants College II’ son la clase de bazofia con la que uno amansa la cogorza en el abismo de la madrugada, interpretadas por un Jason Priestley en estado de gracia priestleyana; esto es, calamitosamente televisivo. Su protagonismo puede entenderse -esto resulta casi inevitable- como parte de un chiste perverso, pero su importancia es mucho mayor. Al interpretarse prácticamente a sí mismo lo que hace es reforzar la corporeidad del efebo y su inocencia frente al maestro.
Aquí se le planta cara a esa sandez del deseo prohibido y se enfrentan admirador y admirado, se propone la posibilidad de trasvasar dos clases muy distintas de belleza, de comunicarlas sin interferencias. Algo que todavía hoy se prefiere narrar con más sombra que luz, con secretos y gestos furtivos. Con la voz del prejuicio o el extrañamiento, vaya.
El gran chiste de ‘Walk Hard’ es su propia estructura, una que pide estar familiarizado con ella para disfrutar la película y, si se quiere ir más allá, comprender qué coño anda mal en el género biográfico. Se trata de un gimmick constante que se construye sobre dos imprescindibles: la historia pop de los USA y el cenagoso universo de los biopics. ‘Walk Hard’ se ríe del ‘Walk the Line’ de James Mangold desde su título y punto de partida. La de Mangold es un caso especialmente preocupante: junto a ‘Ray’ (Taylor Hackford, ¿pero qué haces?) inaugura una segunda era en el biopic. Grandes presupuestos, promo y premieres; se acabó el arrastrarse por el cable y el direct-to-video. Ambas muestras -el biopic a lo damedignidá y la sátira que de éste se hace- sólo son posibles en el cosmos yanqui, sería ridículo trasladar la épica de tocador a industrias raquíticas como, sin ir más lejos, la nuestra. Recuerden si no lo que se hizo con Lola Flores y la fastuosa ‘Corahe de viví’.
‘Walk Hard’ se ríe de lo que quiere porque puede. El guión de Judd Apatow y Jake Kasdan, que es hijo de su padre, le propina un puñetazo en el estómago al showbiz y su autolaureo gratuito empleando la estrategia del túnel del tiempo y demostrando la viabilidad de ésta fuera del cartoon. Luego, claro, es imprescindible contar con un intérprete dotado. Chúpate esa, afectado actorcillo europeo: en los USA los intérpretes de raza vienen completos. Cantan, bailan y hacen el mono con la misma gracia. John C. Reilly transpira una comicidad tan intensa que es capaz de darle la vuelta por momentos a ‘Magnolia’ o ‘Boogie Nights’, y es su convicción -optar por el desapego paródico habría sido mala decisión- la que consigue darle entidad a un tipo tan improbable como Dewey Cox. Se trata, en resumen, de interpretar el esperpento con la misma solemnidad con la que otros se enfrentaron a Johnny Cash o Ray Charles. Y así es cómo triunfa lo ridículo y se vuelve magnífico. Que le pregunten si no a Will Ferrell.
