
La letra de “At Least It Was Here”, el tema principal de “Community”, representa con acierto el espíritu que alimenta a la serie de Dan Harmon. Tras un aburrido piloto que ejercía como presentación protocolaria de escenario y personajes, fueron muchos los que le dieron la espalda. Quién podía imaginarse lo que vendría después, cuando empezó a desplegarse uno de los reglamentos dramáticos más elásticos e imprevisibles vistos dentro y fuera de la televisión. Todo es posible dentro del universo que propone “Community”, uno que siempre se mira antes en la ficción que en la realidad. Quizás de ahí esa sensación de que uno puede penetrarlo a través de esas puertas metaficcionales que Abed acostumbra a abrir.
Otra serie que domina con plena consciencia su universo y lo demuestra a través de acrobacias metaficticias y multigenéricas, “Supernatural”, utiliza el jump the shark como herramienta recurrente, cuando siempre se había acordado como la bandera que se planta para señalar un punto sin retorno dentro de una narración capitulada. Ese derribo imprevisto y habitual de la cuarta pared es lo que hace que la realidad de la serie termine superpuesta a la nuestra. Greendale parece regirse por las acciones de sus personajes, quienes han tomado por la fuerza el escenario para subvertirlo a su antojo. Y pese a todo lo dicho, la continuidad es respetada religiosamente, tanto da si en el anterior capítulo una batalla de paintball convirtió el campus en un glosario de referencias a los códigos de la serie B y el cine de explotación. “Community” no merece ser llamada sitcom, pues ha conseguido devenir un universo autónomo que se ríe con superioridad de nuestra realidad, generando el inevitable deseo de escapar hacia él. Por si eso les pareciera poco, ha conseguido tratar el sentimentalismo sin llamar al bochorno, ofreciéndonos momentos de gran emotividad, como en aquel capítulo navideño apología de la amistad como superpoder.
Incontables razones por las que quedarse y nunca volver.








