
La verdad es que no quiero salir de aquí
«la resistencia a reconocer la originalidad del sampleador es un prejuicio premoderno (…) lo que el sampleador hace suyo no es un fragmento ajeno, sino un instante que le había sido robado.»
- Eloy Fernández Porta
Frente a críticas como la que ocupará el siguiente artículo suele surgir la famosa -pongan aquí voz de Maxwell Smart- defensa de La Ausencia de Contexto. Pero es lo que tienen las citas, y por ello quedan expuestas. Hay quien escribe con la altísima pretensión de que su discurso posea la cualidad de lo citable. Lo sé, suena a exageración, pero ese quien existe y así escribe; no sé si será éste el caso de Porta. De cualquier modo, ese pensamiento de la entrada es igualmente subterfugial y gratuito. Que ‘Afterpop’ y ‘Homo Sampler’ estén tan suscritos y respetados no les exime de la calidad de discutibles.
En primer lugar me inquieta el combustible de ambas obras y el cómo y por qué han calado en determinada franja lectora. Me pregunto si tan enraizado está el complejo tras el análisis -todo estudio presupone un problema precedente- que por ello hay quien concentra esfuerzos en analizar el pop y forzar sus ya de por sí dúctiles límites. Lo que no admite duda es que la intelectualidad siempre ha buscado el distinguirse y, con ello, justificar sus prejuicios a través del -irreprochable- esfuerzo que exigen observación y tesis. La intelectualidad ataca desde el frente que conoce, y éste es la cultura. Hasta ahí más o menos comprensible, nada nuevo bajo el sol.
Pero percibo una contradicción de partida: se está justificando, a la vez que cuestionando, el mismo laberinto referencial que sustenta la ideología del autor; doble contradicción pues. Admiro en parte su naturaleza contestataria y la abolición que hace de fronteras interculturales, pero más tarde compruebo que el fondo de todo es uno conservador. Sigo pensando en lo del signo de distinción, en el complejo. Que hay quien, profundamente, se niega a ser un simple consumidor silencioso y se cree en el deber de tomar acción y palabra. Pero siguen siendo consumidores; sólo les diferencia su esfuerzo por friccionarse contra lo obvio. Se ha tejido un gremio -¡Loom!- donde no se cuestiona qué es teoría y qué especulación. Yo sólo veo sobreinterpretación, desvirtualización cuidadosamente cimentada. Querer ver más allá de los autores, conferirle propiedades mágicas a productos más bien vulgares. Sí, es muy divertida la matemática cultural, pero también peligrosa.
El problema aquí presente me devuelve a este artículo, del que no negué mi parte de vendetta. Yo lo llamo valentía. Y falta de ética también, para qué negarlo. Pero lo uno no debería invalidar lo otro, y menos si es juzgado por amigos, allegados y admiradores varios.
Crear circuitos teóricos basados en lo cultural, pretender resolver ecuaciones de las que sólo sus autores poseen la respuesta… es algo temerario. Principalmente porque la única salida a todo ello existirá de dibujarla uno mismo. Vengo a decir que se trata de una labor quimérica. Miren si no la pobre calidad literaria de la trilogía Nocilla. Claro, detrás de ella existe una teoría, unos fundamentos. ¡Eso la refuerza integralmente! También demuestra que ser un analista brillante no implica ser un gran creador. No se puede negar que esta esfera intelectual sabe bien hacia dónde apunta, y que todo proyectil termina dando con su objetivo. Pero todo queda explicado por su condición de juego de reglamento elástico. En cualquier caso estos muchachos no nos están proponiendo nada que ya tuviera lugar antes y en otros lugares, de forma más espontánea y por eso mismo más genuina. Quizás mi desagrado viene de esa premeditación. De que alguien alce la voz para racionalizar lo evidente y, además, se atreva a -esto ocurre igualmente de forma consciente e inconsciente- trivializar el valor de lo artístico. Por eso les enlazo el artículo que les enlazo. Se trata en definitiva de una osadía lógica: acercarse mediante el distanciamiento. Me quitaría el sombrero, porque es algo con lo que comulgo, pero no me lo encuentro. El sombrero, digo.
Me reservaba como conclusión mi comentario sobre la cita de apertura.
¿Prejuicio premoderno? Lo que yace aquí es una apología del latrocinio intelectual, de la simbiosis -es una plaga- nepotista. ¿Cómo se puede aplaudir la cobardía del sampleador? Hablo de cobardía porque no hay forma de apreciar un intento por construir algo original, aunque dicha originalidad fuera dudosa por la desnudez o explicitud de sus influencias. Se puede admirar a quien tiene en el sampler un primer eslabón, pero que luego modela y texturiza. Puede entenderse lo ajeno como materia prima, pero jamás como obra, ni parcial ni total. Es también una apología del envaramiento y sus secuelas.
Pero olviden todo lo que aquí afirmo. Estoy muy equivocado. Ninguno de ellos está atrapado en la prisión de su invención. Ya hace tiempo que dibujaron encontraron la salida. Soy yo, que me he perdido en el juego de otro.
Pero no, en serio. Todo esto parte de un complejo vertebral que nadie se ha molestado en estudiar. Sólo le están prestando atención a los síntomas; ése es otro síntoma.