
Quien conozca a Hal Hartley, difícil aquí en España dada la pésima distribución que han sufrido sus films, sabrá de su gusto por el cortometraje, de su faceta como compositor de sus scores y de su insobornable concepción del Cine. Se dice mucho y rápido si éste o aquél director es un francotirador o un genio, un visionario o un artesano… siempre mirando hacia los grandes nombres, esos tan gastados en boca de la intelectualidad más conservadora (y perezosa); siempre ignorando el nombre de Hartley, quien aquí en ‘Flirt’ volvió a arriesgarse, reinventarse y reírse de la estupidez de muchos espectadores.
Una, en apariencia, misma historia localizada en tres ciudades distintas. New York [hombre ama a dos mujeres], Berlin [hombre ama a dos hombres] y Tokyo [mujer ama a dos hombres]. Suficiente para que muchos se echaran las manos a la cabeza y se sintieran insultados por la propuesta. Se dijo de todo en su día, y no precisamente bueno, sobre este film, aunque eso sólo hizo que corroborar las intenciones de Hartley y la naturaleza orgánica del experimento. De nuevo la miopía y acomodamiento culturales más irritantes tuvieron que alzarse para derruir una obra tan pura y sincera como irónica. ‘Flirt’ mimetizaba el mismo argumento, sí, pero con intenciones naturalistas, ampliando sutilmente lo expuesto en el primer segmento, el neoyorquino. Un ensayo en torno a la verdadera naturaleza del amor (moderno) y la inútil complejidad con la que solemos vestirlo. El film juega con la capacidad de observación (y de amar) del espectador, retándole a comprender y apreciar los matices que lo pueblan, la mayoría apenas perceptibles. Además está el propio Hartley interpretándose a sí mismo en el tercer segmento (Tokyo), donde intenta finalizar el montaje de… ‘Flirt’. Una maniobra de Cine dentro del Cine realmente original que desembocará en uno de los finales más bellos que uno recuerda.

En New York aparece una casual versión de coro griego que aconseja a Bill (Bill Sage) dentro de unos urinarios. Coro que en Berlin se anticipa a la acogida que el film obtuvo, cuando tres obreros de la construcción, durante su almuerzo, discuten si el film fracasará o no, sus intenciones… metido con calzador como no podía ser de otro modo en el irónico Hartley, produciendo un efecto de lo más cómico, sobretodo porque se cuestiona al propio director y su tan recriminada frialdad y cerebralismo. Doblemente irónico, al ser ‘Flirt’una película ‘de amor’ antes que romántica; sí es cierto que algunas escenas son de una belleza única.Una de ellas es la del hospital, donde una enfermera le dice al protagonista que piense en algo agradable mientras le inyectan novocaína en el rostro. Entonces piensa en sexo, en estar con alguien, y lo susurra en voz alta, ruborizando al personal de la sala. Esta escena resulta fascinante en New York, quizás el episodio más logrado y emotivo junto al japonés. El de Berlín pues es… demasiado germánico. Quién sabe si de forma premeditada, Hartley consiguió darle aspecto de película alemana, con su fotografía sórdida y todo.

En Tokyo el tratamiento tiende a lo abstracto y recurre mucho al silencio; la acción transcurre mayormente en una escuela de danza y se sirve de ella para enfatizar algunos momentos. Mímico, etéreo, sobrio y con un desenlace que de puro simple resulta de lo más conmovedor. Sirve para cerrar el círculo y deshacer la angustia que inspira el final abierto de los otros dos segmentos.
Hartley compuso una banda sonora de estilo minimalista que ejerce un efecto hipnótico allá donde suena. Las distancias y espacios abiertos que usualmente rodean a sus personajes no lo son tanto cuando entra el motivo principal del film, que parece detener el tiempo y capturar las emociones de sus caracteres. Hartley no es un cineasta de trazo grueso y suele contener a sus actores, prefiriendo que sea el guión el que hable; casi siempre teatral, solemne, pero salpicado de sarcasmo y ternura. Muy propio del insoportable Godard, cierto, pero Hartley siempre ha sabido evitar los mayúsculos defectos del pretencioso francés.

Personalmente, uno de los mejores films de su autor, lo que es decir poco, pues todas sus obras son sólidas, densas e insólitas. Su innata mesura a la hora de cambiar de tono le permite superar las limitaciones del tiempo cinematográfico y ahondar donde otros se ahogarían. Sería demasiado extenso pormenorizar todas y cada una de las claves de su cine, de alto contenido poético e inagotable encanto; ‘Flirt’ recoge la esencia del mejor Hartley y funciona como caleidoscopio romántico. Una pieza frágil y sutil que merece otra oportunidad.
Escrito en DRIVE-IN








