Llevo unas cuantas horas sintiendo una desagradable presión en la base del cráneo, acompañada de un intenso ardor que se extiende por la espalda y agarrota el estómago. Cuando esto ocurre sé que alguien me está siendo infiel. Un sexto sentido que nada tiene de superstición privada; mañana corroboraré el significado de esos síntomas y sabré que he vuelto a acertar.
No puedo vivir sin Hal Hartley porque he hecho de mi vida un film suyo. Porque se puede ser lúcidamente incoherente y vivir en el limbo que hay entre la ficción y la realidad, atrapado en el resultado de la vieja ecuación existencial.
Cierto, esta entrada debería publicarse en ese sitio donde me lamo las heridas, pero el estómago me pide que la edite aquí.
A raíz de tan angustioso pálpito he recurrido mentalmente (alguien tiene mi filmografía completa de Hartley y no parece preocuparle devolvérmela) a ‘No Such Thing’, un cruce entre ‘La Bella y la Bestia’ y un film de Andrzej Zulawski, tan grotesco es su melodramatismo.
El Monstruo (Robert John Burke, genial incluso haciendo de Robocop) escupe fuego, se emborracha y suelta tacos. La Chica ha estado a punto de perder la vida buscando a su amado. Los dos se encuentran y el Monstruo quiere volver a vivir, aunque sea en una sociedad frívola que le patea con saña y que la Chica (antes sensible y bondadosa) no tarda mucho en abrazar. Pero el Monstruo le recuerda, mediante soliloquios de la casa Hartley, que el placer y la belleza son pasajeros. El final arranca lagrimones con su fusión de sci-fi barata y cuento de hadas podrido. Los films de Hartley terminan como lo hace la vida, silenciosamente. Y eso concede un margen de esperanza enorme.
No me gusta que me llamen “raro” porque es una palabra que sólo tiene significado para quien se siente extrañado ante algo que no comprende. No es un término conciliador sino relativizador, que además fomenta la injusticia. Pero acabo cediendo: “sí, tienes mucha razón, eso es porque A y luego B y entonces me da por ponerme en plan C, me sabe mal oye…” A continuación me llaman “frío”, me someten a un vaivén de caprichos y reproches y me sustituyen por cualquier bravucón dispuesto a fingir todas esas emociones que yo me niego a fingir. Adelante pues, llámame monstruo. No soy otra cosa.
Gran película; duele tanto que reconforta.

Me has herido y lo sabes, te escondes orgullosa en tus ojos silentes








