
Ah, aquellos primeros paseos a través de escenarios prerenderizados… acogedores en su lejano realismo, inquietantes por su silenciosa estaticidad. Con el nacimiento de Resident Evil se abrió una senda: el Apocalipsis penetraba en los hogares y el zombie antropófago reclamaba su trono como icono de la inmortalidad putrefacta. Japón se alimentó nuevamente de fibra occidental para sacudir las fronteras del entretenimiento interactivo, acercando el píxel al celuloide e invitando al jugador a formar parte de ello. Porque Resident Evil no sería lo que es hoy sin la participación de su público, uno fiel y agradecido que ha aprendido a amar el concepto de Capcom.
El primer Resident Evil sumó y ganó. Reunió criaturas mutadas, zombies carnívoros, héroes sin tacha y secundarios turbios. Y los colocó en un marco incomparable, la Mansión. La misma que se nos mostraba sensual y coronando lo frondoso en la crepuscular conclusión de Resident Evil Ø, precuela gráfica y espiritualmente afín al soberbio remake del primer capítulo, una delicatessen editada en exclusiva para Gamecube; sin embargo el término remake es insuficiente e inapropiado.

Este Resident Evil es una reescritura llena de lujo y detallismo. El aspecto gráfico es impresionante, y lejos de ser accesorio se convierte en protagonista y catalizador del Terror. El agua, el fuego, la humedad y las sombras adquieren una expresividad sobrenatural. La Mansión está tan viva como llena de muerte. Los interiores ahogan y casi hieden a través de la pantalla. Los exteriores gotean y proyectan siluetas fatales. La Mansión ha crecido, y con ella la trama. La estética de falso hiperrealismo de las secuencias cinemáticas cohesiona juego y relato, contagiándole a la partida toneladas de desesperación y dramatismo pura e inconfundiblemente nipones. Y terror, por descontado.
Terror que late bajo diversas formas, siendo la más triste y patética la de Lisa Trevor, quien nos perseguirá con su deforme drama familiar mientras solloza un escalofriante motheeer!!!. Ella refuerza la sensación de que el verdadero terror del juego reside en lo humano y no en lo monstruoso. Los diarios y notas que encontraremos sólo harán que incrementar la desazón hasta dotar al juego de un aire solemne y novelesco. Puro arte en movimiento.
El sistema de control es tan clásico como efectivo, ciénaga para los torpes y piscina para el jugador sagaz: la llegada de RE4 y su cambio de perspectiva perjudicaron mucho a los antiguos survival horror y sus ángulos fijos, pero este Resident Evil no persigue dinamizar la acción sino acentuar la incomodidad. Así, ese mapa de controles primitivo deviene una herramienta que debe dominarse a la perfección si uno quiere disfrutar y sortear los horrores de la Mansión. Jódanse y sufran, aprendan cuándo acelerar el paso o cuándo dar media vuelta, desespérense administrando los pocos cargadores que hallarán… y respiren algo más tranquilos gracias a una de las novedades de este Resident Evil: cuchillos, granadas y tasers que nos servirán para zafarnos de las criaturas en caso de vernos acorralados. Cuando eso ocurra bastará pulsar el botón correspondiente para aplicar el objeto de defensa elegido. Y así, desde esa aparente rigidez de control, se le ofrecen al jugador un buen puñado de tácticas a descubrir; el término survival cobra finalmente sentido.
Obra maestra y de culto, dada la limitada distribución que conoció. Rejugable hasta el límite de lo obsesivo, con un margen de inmersión enorme, es imposible no rendirse ante su elegante presentación y acabado.
La quintaesencia del Miedo.

Escrito en STARBYTES








