
Richard Kelly es un tipo coherente. Coherente consigo mismo, que es lo que a fin de cuentas importa. ‘Southland Tales’ es una continua explosión de simetría caleidoscópica, la perfecta vivisección de una realidad enferma, montada sobre una opereta popera cebada de criticismo. ‘Southland Tales’ es el definitivo juguete lisérgico, un vómito de autor que no conoce la prudencia ni el ambiguismo. El sueño húmedo de Ken Russell, la pesadilla recurrente de Ron Howard y Jose Luis Garci.
Kelly sabotea las expectativas de la audiencia, sabedor de que la mayoría buscará las trazas de ‘Donnie Darko’ o un reprise condescendiente de ésta. Kelly logra no sucumbir a su propia influencia, pero eso es algo que consigue mediante un tono constantemente autoparódico, uno nada sutil pero que así será percibido por la grada hipermétrope. Sí que vuelve a facturar una obra circular, una hambrienta de ser leída y revisada, tan críptica y excesiva es. No es aventurado proclamar que ‘Southland Tales’ es el second coming que muchos esperaban… y más, mucho más. Lo difícil estriba en desprenderse del recuerdo de ‘Donnie Darko’ y recibir la presente desde el aperturismo en lugar de hacerlo bajo los efectos del gregarismo darkiano. Y es que lo gratuito sería referirse intermitentemente a ‘Donnie Darko’ al hablar de ‘Southland Tales’.
Kelly parece haber encontrado una línea discursiva en la búsqueda de la ambivalencia, una ruta que pasa por el esperpento pero también por el absurdo calculado. Confirma también su talento para domesticar la música pop y ponerla a cuatro patas para narrar sobre su lomo; lo hizo con Echo & The Bunnymen y The Church, ahora lo hace con Pixies y The Killers. Pero ‘Southland Tales’ no es aquel musical heterodoxo que muchos se prometían sino una opereta acidulce que muta su geometría inicial hasta convertirse en una catedral donde todo vale y cabe, una brutal mezcolanza de lujo y pulp donde lo solemne y lo ridículo se espejan mutuamente.
La Forma y el Fondo en idílico matrimonio, una plétora de simbolismo que contiene en lugar de encubrir. Una obra de una belleza y riesgo extremos, y de nuevo otra fábula sobre el Fin y sus tentáculos.
Inabarcable.








