
Richard Kelly es un caradura, un embaucador, y ‘Southland Tales’ uno de los films más aberrantes que se han visto hasta la fecha. El culto del que goza un film tan inútilmente rebuscado como ‘Donnie Darko’, -en el fondo una vuelta de tuerca pedante a la sci-fi más elemental-, ha propiciado la existencia de la presente, un clarísimo y deleznable ejemplo de capricho autocomplaciente. Y además con sello de autor… para darle consistencia al engendro.
Qué duda cabe de que el exceso, en manos diligentes, se ha convertido por derecho en una de las herramientas imprescindibles del cine contemporáneo. El exceso es necesario, y a menudo ha demostrado ser el vehículo ideal, si no el único, para abordar según qué conceptos. El conflicto aparece cuando el exceso sirve a un propósito turbio, entonces la coherencia se diluye y deja paso a la frivolidad festiva, un banquete donde la banalidad se erige como plato único.
La accidentada distribución de ‘Southland Tales’ no responde a una obra incomprendida y valiente, y Richard Kelly sabe muy bien a qué se debe el tipo de recepciones que ha conocido su segundo film: el autoplagio y el barroquismo de feria no están muy bien vistos en este negocio. Y eso es precisamente lo que ofrece ‘Southland Tales’, un argumento débil cargado de bisutería visual y pretensiones risibles. Kelly rehace descaradamente su primer film e intenta disimularlo con un cambio de vestuario. Resultado: el traje nuevo del emperador. Su farragosidad narrativa acentúa aún más el vacío que tan celosamente trata de esconder.
Es necesaria e inevitable la comparación con ‘Donnie Darko’. Si ahí el atrevimiento caló por novedoso y por un relativo comedimiento, aquí el ego de su autor se desboca hasta lo neurótico. Kelly pretende que todo resulte crucial, épico, y lo peor es que recurre a un falso distanciamiento irónico que le revela como un cineasta de lo más cobarde, incapaz de enfrentarse a su propia obra. Y de nuevo tenemos un cast psicotrónico y fatalmente dirigido, pero que hace de este film una comedia soberbia.
Luego dirán que todo era intencionado…








