
‘Chasing Amy’ es conocida entre los cinéfilos flatulentos como, y aquí urge entrecomillar, “la obra adulta de Kevin Smith”. Mal, como siempre haciendo gala de un conocimiento parcial y epidérmico.
Fíjense que a ‘Chasing Amy’ le perdonan la intro en la convención comiquera. Le perdonan a Dwight Ewell el discurso de apertura, pese a ese inconfundible balance entre el marujeo y el cabreo starwarsiano. Y ojo, ahí reside la gran contradicción: ‘Clerks’ y ‘Mallrats’ fueron tachadas de infantilistas por tomar el cómic y el megacine como materiales de base.
Prejuicios, y como suelen estos acostumbrar, de lo más gratuitos.
‘Chasing Amy’ es grande por su naturalismo, por sus grandes verdades (otra vez) disfrazadas de chiste referencial. Pero Smith comete un error impropio en él: la historia se desarrolla sobre unos personajes imprecisos, especialmente los masculinos.
Bien…
Hay quien se resiste a incluir ‘Jay and Silent Bob Strike Again’ dentro del podio de excelencia smithiano. ¿Por qué? Pues porque para muchos Jay y Bob no dejan de ser una coña de transición, un accesorio argumental repletito de concesiones. Mal, porque será Silent Bob quien, pasado el ecuador del film, nos explicará quién y qué es Amy.
Smith expone sin reservas e incluso teoriza despreocupadamente acerca del porqué del fracaso amoroso. La parte que se refiere a ese aspecto conforma la grandeza del film, nada que discutir. El verdadero problema viene dado por unos caracteres, arquetipos masculinos en toda su extensa e insensible mediocridad, que sólo pueden entenderse como necesarias marionetas. Resulta difícil de creer que Smith construyera unos personajes masculinos tan pobres a la vez que ofrecía un perfil femenino tan desnudo y entero como el que representa Alyssa.
Conociendo a Smith sólo puede entenderse como una estrategia intencionada: reducir al hombre al mínimo común y enfrentarle a su pesante sexismo. Lo consiguió, vaya que sí, pero sin falsos coloquios ni confrontaciones genéricas (genérico, que refiere a la hembra y el varón).
En todo caso el momento álgido, ya he dicho, lo ofrece Silent Bob. Este rompe su habitual silencio y le recuerda al frío Holden porqué, cuándo y cómo la cagamos los hombres. Puede que nos perdonen cientos de faltas menores, pero la discusión interna masculina no va nunca más allá del ansia de posesión, la polla emperadora o la coraza física.
Yo quiero creer que la pobreza de Holden McNeil y Banky Edwards responde a uno de los discursos más valientes que se han oído a santo de la guerra de sexos. Hay un algo que se me repite: Smith, sabio y honesto donde los haya, dinamita al Hombre para desnudar a la Mujer.
Así pues el talento de Smith se reafirma: la frivolidad como base de nuestra pretendida profundidad humana. Y no lo olviden, Smith es grande porque ha encontrado el modo de emplear la Forma como síntesis de un Fondo siempre más rico de lo sugerido.
¿Obra adulta? Smith siempre ha sido adulto; la madurez consiste en acumular hazañas mundanas sin librarse de la pasión virginal del adolescente.
Ignorar el diálogo de Smith es reconocerse como un gran y hediondo pusilánime.
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