Aquellos que hayan seguido la trayectoria de este espacio durante algo más de un año es posible que hayan advertido un leve aunque evidente paralelismo. Con la primavera la nave se congela, el ritmo editorial decrece y es fácil percibir un relativo cansancio. Sorpresa, uno también es vulnerable a lo terrestre: al Amor, a la Gravedad, a la Física, a la conjunción de millones de minúsculas aunque poderosas psicologías.
Antes de continuar me saco de la chistera unas líneas de las cuales estoy especialmente orgulloso; es algo que no tocamos habitualmente por aquí por respeto al lector que viene en busca de un “me cago en Amenábar” o “Spielberg es tan grande que hasta tú lo repites por sistema” . Nada nuevo realmente, pero siempre está ese filtro bélico y afectado.
Coño, las líneas, que ya me olvidaba:
http://truefiction.wordpress.com/2008/04/12/le-samourai/
Ahora sí.
Al crear este espacio planteé la posibilidad de conjugar mi alter ego moñiliterario con el otro, el macarra. La sección se llamaría Area 51, y ahí es donde tendrían lugar las autopsias, biopsias y jirones de carne herida. Esta noche es la noche, que dijo Neil Young antes que nosequé apestosa figurilla de la FM. Esta noche reabro el Area 51.
Ha llegado el momento, y no puedo continuar sin mencionar a mi blog hermano.
Cuántas veces habré discutido con Pedro la necesidad individual de desnudarnos… y con ello el cómo hacerlo, especialmente ese cómo. El siempre lo ha hecho porque es un buenazo, uno de verdad. Yo solía serlo, hasta que me dio por los rayos tractores y las sondas anales. Solía serlo, pero por el camino perdí la bonhomía. Pero qué coño, ahí le tengo a él, quien me cuenta y me confía. Y yo le digo que siga, que no se reprima, que no lo haga nadie; tal vez no he perdido mi Humanidad después de todo.
El detonante de este flaka-flaka intimista podemos hallarlo en una de mis magistrales frases de no-ligoteo, inmortalizada hace apenas un par de horas sobre una de esas barras de bar que de tan guarras casi huelen al Vómito de la Civilización Occidental. El marco no es el más adecuado, y pese a que un mocho podría embellecer el escenario, el corazón corretea cual Melissa Gilbert colina abajo:
“Ya sé que está feo decir lo que uno siente, pero estoy en mi derecho. Si quieres te acoges a tu derecho a darte el piro”
No, si ya… así no se pilla. Pero yo no quería pillar, sólo quería hablar con las entrañas; si hasta me he sentido heroico.
Las consecuencias de tan apestosa declaración de intenciones ni me las planteo ni me preocupan. Me preocupa lo demostrado esta noche: la Palabra ha muerto. Sí, amigos. Ni con el más salvaje de los polvos uno conseguiría dotar a esa perla de sentido. Y por polvo salvaje me refiero a uno de esos donde las palabras silban viscosas cuando penetran el pabellón auditivo y el miedo a herir al compañero desaparece por completo. Y claro, amor. Toneladas de amor húmedo e imparable. Uno de esos que haría que Barry White se alzara de entre los muertos.
Ahí acaba para mí y para ella. Se lo he dicho porque el sentimiento es astral de cojones. Y luego está esa moral de lo correcto, lo noble y lo adecuado que empieza a tintinear como el niño guapo de la clase, claro. Pero pienso… pienso que eso es un invento, que debo estar orgulloso de tener los cojones de haber sido, de nuevo, persona. No fue el alcohol, ese tipo de genialidades se me han llegado a escapar en el buffet desayuno de un hotel de montaña… el zumo de naranja cobró un color de lo más químico. Y no llovió azufre porque me faltaban un par de beatos en el bolsillo…
En fin amigos, aquí tienen un canapé de Area 51.
Gracias por el valor, Pedro.
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