
Cameron Crowe es un tipo con una preocupante tendencia a la reiteración gratuita y la autobiografía (inevitable cacofonía) autocomplaciente, prueba de ello son sus constantes referencias a su santería musical y a su orgullosa etapa “I was a teenage Rolling Stone journalist”, así como el collage sentimental incluido en el desenlace de ‘Vanilla Sky’. No es mala gente, pero sí un rato infantil. Generalmente superficial, y sin embargo capaz de desarmarle a uno cuando recurre a su despreocupada sinceridad.
La frase titular se debe a ‘Waiting for Somebody’, uno de los dos temas que el ex-Replacement Paul Westerberg aportó al film. El otro es ‘Dyslexic Heart’. Ambos sintonizan bien con el cuento de Crowe, quien (coyuntura grunge al margen) diseñó un mosaico de romances y reflexiones a cámara ciertamente original allá por 1992. Pero con 16 años uno se aburría con el protagonismo de Campbell Scott y simplemente esperaba a que el gran Chris Cornell, el torturadete Layne Staley o el núcleo de Pearl Jam asomaran. Ahora es precisamente la parte de Scott la que se revela interesante e incluso instructiva, quien visto ahora se descubre como una versión light y simplificada del inspiradísimo Rob Gordon de John Cusack.
Simpatía, humor blanco, brochazos indie y mucho rock. No hay mucho que rascar en ‘Singles’, pero es un caramelo de película. Su condición de punto de encuentro nostálgico es indiscutible, y aquí Crowe aún resultaba original; faltaba un trecho para llegar a la autocomplacencia de ‘Almost Famous’ o la ridiculez de ‘Elizabethtown’. Por no hablar de la esforzada bondad de ‘Jerry McGuire’… claro que Crowe es buena gente, tanto que a veces le pierde el corazón y pretende enamorarnos de sus amores. Un tipo inquietante incluso, por su sospechosa falta de pretensiones, cualidad que paradójicamente resulta en unos films con clara vocación bigger than life.
Buena gente, al fin y al cabo.
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