
No sé si muchos de ustedes lo saben o si la anécdota habrá sido poco divulgada fuera de los extras del dvd en el que se incluye, pero durante el rodaje en México de Rambo: First Blood part II, Stallone tuvo un acompañante muy especial: un adolescente afectado de un cáncer terminal que había visto First Blood unas doscientas veces y que había encontrado en el personaje de Rambo un referente de fuerza de voluntad y vitalidad. ¿Despiadado movimiento de marketing? ¿Generosa gratitud por parte de Sly hacia su fan más entregado? A mí me da lo mismo. Prefiero pensar que Sylvester Stallone, ergo John Rambo, es un buen tipo que sólo quiso que aquel muchacho pasara algunas de sus últimas horas con el personaje al que admiraba.
Me gusta imaginar que John Rambo, el personaje, el que se siente prescindible, de haberse encontrado a ese moribundo muchacho en la selva y el cáncer fuera un ejército de guerrilleros pederastas, no sólo le habría salvado la vida sino que le habría adentrado en la jungla para enseñarle a sobrevivir, adiestrándole en las artes de la lucha y haciendo del adolescente un sosías del protagonista de Game Over: Se acabó el juego, pero con armas de verdad y sangre caliente de la buena. El joven superaría todas las adversidades y cuando Rambo se acercara al cadalso traspasaría a su pupilo la cinta roja y el cuchillo y se despediría de él con el gesto torcido y una frase para la eternidad: “Intenta encontrar la paz y luchar por los débiles, aunque para ello tengas que transformarte en guerra, aunque jamás nadie te lo agradezca y pienses que tu esfuerzo no merecerá la pena… Intenta ser un buen hombre.”
Los Ramboholics lo tenemos claro: John Rambo es una buena persona. Allí donde sus detractores ven violencia y destrucción nosotros hallamos determinación e instinto de supervivencia, lo que ellos interpretan como crueldad nosotros lo asimilamos como coraje… Ya se ha dicho, pero Rambo no mata porque sí, por gusto, ni siquiera por instinto: Rambo es una víctima, alguien que pensó que luchar por su país sería un honor pero que luego vio cómo éste no sólo le daba la espalda, sino que le propinaba una patada en los cojones y era capaz de empujarle a derramar sangre inocente por un quítame de ahí ese petate. Rambo es el tipo pacífico que se aburre en la esquina de una fiesta a la que ha ido por obligación moral con uno de sus pocos, escasísimos amigos, sin molestar a nadie, sin que nadie le mire, sin que nadie se le acerque ni le invite a bailar o a tomar una copa, pero que es capaz de saltar al otro lado del mostrador, romper dos botellas de ron, volver a saltar por encima de la barra con una voltereta tosca apoyando la espalda sobre los cristales rotos y utilizar las improvisadas armas, con furia y determinación, para vaciar las cuencas de los ojos de aquel que ha puesto una navaja en la yugular de su amigo por una imbécil discusión etílica. ¿Excesivo? Es posible. ¿Justificado? Ustedes deciden, pero Rambo no es maestro con el diálogo y antes que ejercer de negociador prefiere quitarse al enemigo de en medio. ¿Ustedes no harían lo mismo por un amigo? ¿No les gustaría tener al lado a un compadre así cuando lo necesitan? Lo bello de la (a)moralidad de John Rambo es que ni siquiera hace falta haber compartido confidencias con él para que intente protegerles si les considera en desventaja. Tampoco es una cuestión, pues, de justicia. Rambo sólo intenta hacer lo que cree correcto. Sólo quiere hacer el bien. John Rambo es El Buen Hombre.

