Posteado por: Mario Vírico | Junio 21, 2008

Rambo somos todos: Lingerie

Hola, me hago llamar Starman y dependo de Rambo. Dependo de él desde que cierto día advertí que las criaturas pacíficas tienden a convertirse en las putas de los insensibles. Me ocurre un poco como a The Devil Rules the World; pese a pasar toda una infancia rodeado de Rambo y su universo tardé cierto tiempo en empatizar con su  mensaje. No es un mensaje privado ni sutil, no vayamos a lamernos el cacas por las buenas… ojo, más que un mensaje es una declaración de principios. Afuera (esto es, en la Tierra) hablan de violencia, de cuellos rotos mediante finísima y marcial maniobra…

Joder, Rambo es un mito. Sylvester Stallone siempre ha sido un tipo cabal y humano, y John Rambo no es más que una encarnación de la integridad, al igual que el sensible Rocky o el bad ass motherfucker de Marion Cobretti.

Dejemos algo bien clarito: Rambo no comete su primer asesinato hasta que su paciencia se quiebra. Eso ocurre en ‘First Blood’, y ahí incluso el título del libro-semilla resulta revelador. Esa primera muerte (obviando los deberes guerreros, lógicamente) abre una senda sin retorno. Nadie mejor que un soldado para sopesar el valor de una vida, nadie más indicado que él para afirmar cuándo la humanidad desaparece. Así pues Rambo estalla ante las vejaciones de ese sector de su país que vive ajeno a todo, o en su defecto adormecido bajo el suave manto de ese periodismo conciliador y cretino.

Una vez Rambo se rompe, la realidad adquiere una dimensión que sólo somos capaces de imaginar en el marco de la hipérbole violenta. Nuestra sesera binaria nos empuja a condenar a la criatura que adopta una postura defensiva, cuando somos precisamente nosotros los desencadenantes de la espiral homicida. Así tratamos al perro que muerde cuando se ve asediado, o a ese hijo que replica con toda la firmeza que le es posible, encaramándose a la cúspide del podrido poder patriarcal.

Eso he aprendido de Rambo. Una lección tardía, porqué negarlo, pero valiosa como pocas.

Luego está el icono, la figura intachable. Un hombre enorme, de hombros desafiantemente redondeados, espalda inabarcable y mirada turbia. Un hombre con un corazón que sólo se acelera si la partitura de Jerry Goldsmith se lo marca. Y pese a sus aristas, ese icono es uno bello, inmaculado, que ningún pacifista de salón de té podrá manchar con sus enmarañados reproches.

Resulta paradójico que un guerrero nato como Rambo nos recuerde cuan frágil es la barrera que separa el asesinato de la defensa. Paradójico porque un soldado asimila el homicidio como recurso bélico. El romance comienza cuando ese soldado se ve despojado de su deber, desnudo ante la vergonzosa insensibilidad de su prójimo.

Nadie puede derrocar al titán porque éste viene del barro y la furia. Nadie puede discutir la figura de Rambo, porque él es un reflejo vivo de nuestra Naturaleza.

Piensen ahora porqué ‘First Blood’ es el único film de la saga que les inspira empatía. Eso ocurre porque ahí es donde conocen el porqué de todo, el surco de cada cicatriz. Pero Rambo, nuestro mito más humano y terreno, siempre se justificará, no cejará en su empeño de mostrarnos cómo ha llegado a odiarnos.

No hay capricho ni delirio en John Rambo. No lo hay, señores.

PD: El post se llama ‘Lingerie’ por la venta feriante que de bragas y suspensorios aquí se hace. Ustedes me perdonarán… quiero creer que lo harán, vaya.


Respuestas

  1. Zeus bendiga esta serie de post porque en ella se demuestra que Rambo no sólo se dedicaba a matar gente, sino también a regalarnos leccionacas vitales en medio de las balas y las llamaradas. Y encima lo hacía sin querer, el jodío.


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