
A Stanislaw Lem no le gustó nada el Solaris de Steven Soderbergh; perfectamente comprensible desde que Lem sentía que Soderbergh traicionaba las intenciones de su novela y omitía sus implicaciones. Me resulta curioso que Lem no mencionara el término libre adaptación, porque en eso consiste el trabajo de Soderbergh. Puedo entender que su postura como autor del original le dificultara adoptar una óptica más flexible -que no condescendiente- al encarar la película, y comprendo también ese otro término que es la traición artística. Lo sensato aquí es aplicar un trato salomónico y aprender a distinguir el film de Tarkovsky del de Soderbergh. En cualquier caso, el artículo de Lem concluye dándole la razón a nuestro titular, que no es otra cosa que la frase que cierra la película de 2002.
Soderbergh concentra el relato en los -todo sea dicho- pobremente descritos derrumbamiento y desconcierto de Kelvin tras el encuentro al que asiste, dejando completamente de lado el significado y la trascendencia de dicho encuentro. Pero ese desinterés, vista la película, se revela premeditado y no accidental. No puede tratarse de un acto involuntario cuando -aquí debo poner el acento- los planos se componen constantemente en torno a Kelvin, bien oscureciendo el contorno, bien disponiendo al resto de personajes a su alrededor, creando algo muy parecido a la visión que recibe la víctima de una depresión. Esa elección estética define así el objeto que construye la presente, el estado emocional de Kelvin. Es un relato esencialmente romántico el que articula Soderbergh, apenas hay rastro de Lem, quien defendía otra clase de romanticismo, más desgarrado y menos complaciente, en su libro. Este Solaris, al margen de la premisa sci-fi, no es más que un drama con fondo cósmico. Literalmente; los planos del planeta Solaris van sucediéndose a modo de intervalos, de cortinillas art déco. Se intuye la intención de establecer un símil, pero la película no responde por ningún lado con el elemento faltante.
Pese a lo dicho, la de Soderbergh merece no poco respeto. Las escenas sobre suelo terrestre y el cripticismo de su montaje funcionan, aunque lo hagan por la vía del contraste, yuxtaponiendo todo elemento con más cautela que convencimiento. Personalmente, me gusta entenderla como un experimento en torno a la frialdad, también como -algo que propone accidentalmente- una confesión de egoísmo (el humano) y un interrogante en torno a la relevancia de la memoria sobre la voluntad. Son lecturas caprichosas, no lo niego, pero no más caprichosas que cualquiera de los subtextos que suelen atribuírsele a trabajos más bien vacuos por parte de espectadores tirando a sobreesforzados.
Y no sé por qué, siempre que pienso en esta película termino acordándome de Gus Van Sant y de “Psycho”. Adaptaciones tan desnudas en sus intenciones que parecen condenadas al desprecio. Pueden confirmarlo haciendo un breve sondeo; las respuestas serán sospechosamente parecidas, lo cual nos devuelve al acierto casual de Soderbergh: ¿Quiénes somos para cuestionar la legitimidad de esos facsímiles si estos son, parcialmente, productos de nuestra conciencia?
Cuánta ironía.