
Puro Robert Mulligan
Resulta díficil digerir que el papá de Dawson’s Creek, la mente traviesa detrás de Scream y sus secuelas, sea capaz de idear los alucinados guiones de The Vampire Diaries, serie que parte de una saga literaria anterior a la de Stephanie Meyer pero que obviamente surge de forma oportunista, a rebufo del fenómeno Twilight. Y es que sentencias como I’m a high school vampire le parten el alma a uno. Paradójicamente, Dawson’s Creek y Twilight guardan no pocas semejanzas, además de compartir cierta fibra moral. Claro que ambas son -cada una a su modo- biografías ficcionalizadas, lo que podría explicar esa falta de pudor al abordar el plano sentimental, cosa que nunca dejaré de agradecer.
Es en la primera temporada donde mejor y más fácilmente se aprecia la presencia de Williamson, quien homenajeaba felizmente -aunque por desgracia no siempre con el mismo acierto- referentes tan evidentes como John Hughes o -éste va ligado intrínsecamente al anterior- “American Graffiti”, aunque aquel espíritu introspectivo fue perdiendo forma a medida que la serie crecía y la universidad se acercaba. Afortunadamente, será Dawson Leary el único personaje que madurará coherentemente en posteriores temporadas. Esto es precisamente lo que siempre me mantuvo unido a la serie: Dawson permaneció fiel a sus principios, mientras que sus amigos fueron transformándose gradualmente en falsos adultos. Dawson perdería el rumbo mientras que Joey y Pacey abrazaban la transición post-adolescente desde ángulos más bien ordinarios. Dawson era, en definitiva, una suerte de Atticus Finch, y Capeside, con sus amaneceres, sus céspedes y su lago, un escenario ideal donde los chicos podían psicoanalizarse, filosofar y hablar como adultos encerrados en el siempre incierto trámite de la adolescencia. Es por cosas como éstas por lo que la serie fue -y continúa siendo- ridiculizada. Los diálogos afectados y la tragedia de lo cotidiano resultaban inverosímiles. A mí no me miren; yo también fui un creador precoz inundando de angst existencial, repelente, verborreico y autoconsciente hasta la arcada. Es así que existe cierto recuerdo colectivo de la serie como un spot de Tommy Hilfiger mezclado con un John Hughes en éxtasis emocional y cannábico. Y ya sabemos que la sinceridad y la ultradesnudez no son nada estéticas, que la sensibilidad de Dawson es pura imposta, basura fruto de la culpabilidad y las deficiencias conductuales del WASP cristiano y bienpensante. Ese Williamson debía estar muy loco sólo por plantearse el sacar algo así adelante.
Que os jodan, chicos duros.